jueves, 17 de agosto de 2017

CARTA APOSTÓLICA “Ex quo nono labénte sǽculo”, SOBRE EL RETORNO A LA UNIDAD DE LA IGLESIA CATÓLICA POR PARTE DE LOS CISMÁTICOS “ORTODOXOS”

En Noviembre de 1910 el príncipe-infante Maximiliano Guillermo de Sajonia-Braganza, sacerdote católico y profesor de Derecho Canónico y Liturgia en la Universidad de Friburgo (Suiza), publicó un artículo titulado “Pensées sur la question de l’Union des Églises” en el primer número de la entonces recién fundada revista Roma e l’Oriente, dirigida por los monjes basilios de la abadía griega de San Nilo de Grottaferrata (Italia). En el referido artículo, el autor decía que la Iglesia Romana era la parte culpable del Cisma del año 1054, por pretender imponerle a las iglesias orientales su criterio litúrgico y doctrinal, y proponía para remediar el cisma que Roma debía abjurar de sus dogmas y reconocerle igualdad a los patriarcados de Constantinopla, Antioquía, Alejandría y Jerusalén.
  
Contra tan injuriosa afirmación, claramente influenciada por el modernismo, irritante a los oídos piadosos y contraria a la verdad histórica, que claramente enseña que fueron los griegos levantiscos contra el Papa de Roma quienes causaron los cismas, el Papa San Pío X, celoso y ardiente defensor de la Iglesia, hizo llamar al autor del artículo para que diera explicaciones, el cual se retractó solemnemente de su escrito. Luego el Papa publicó la carta apostólica “Ex quo nono labénte sǽculo” condenando dicho artículo y reiterando que la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica es la única que guarda en su totalidad el Depósito de la Fe y la Moral que le confiara Nuestro Señor, y que la única manera de restaurar la unidad es que los griegos, rusos, coptos, armenios y siríacos abjuren de sus cismas y herejías.
 
“Ex quo nono labénte sǽculo” es un documento único, casi desconocido -especialmente para los lectores hispanoamericanos-, el cual condena el meaculpabilismo de los antipapas conciliares y su corte, reflejado en hechos como:
  • La supresión de los patriarcados latinos de Antioquía y Alejandría (1964), y Constantinopla (1965).
  • La equiparación del “Quam oblatiónem” de la Misa Romana Tradicional con la oración que los griegos llaman Epíclesis -donde le piden al Espíritu Santo que haga eficaces las Palabras Consecratorias-, negando injusta y heréticamente el rol in persóna Christi del sacerdote; y la introducción de dos Epíclesis explícitas (una previa y otra posterior a la “consagración”) en el Misal Montini-Bugniniano.
  • La “devolución” de las reliquias de San Andrés Apóstol (el cráneo, conservado en el Vaticano, fue entregado por Pablo VI 24 de Septiembre de 1964; y la cruz, conservada en la abadía de San Víctor en Marsella, fue entregada el 19 de Enero de 1980 por Juan Pablo II) y San Marcos Evangelista (22 de Junio de 1968 a Cirilo VI de Alejandría de los Coptos); y del icono de Nuestra Señora de Kazán (entregado el 26 de Agosto de 2004 por Juan Pablo II a Alejo II de Moscú).
  • La petición de perdón que hiciera Juan Pablo II (a Cristódulo de Atenas el 4 de Mayo de 2001, y a Bartolomé I de Constantinopla 29 de Junio de 2004) por la Cuarta Cruzada.
  • El reconocimiento de la validez de la anáfora nestoriana de Addai y Mari -que no tiene las palabras consecratorias-, realizado el 20 de Julio de 2001.
  • La renuncia al título Patriárcha Occidéntis por Benedicto XVI en el año 2008.
  • El “me rindo, Beatitud” de Francisco I Bergoglio ante Bartolomé I Constantinopolitano, evidenciado en la influencia que este último ejerce en Laudato Sii, pedirle la bendición para él “y toda la iglesia de Roma” durante el viaje a Turquía, y tachar el proselitismo como pecado contra la unidad.
  • Et álibi aliórum.
Como tal, esta Carta se encuentra en el original latín en Acta Apostólicæ Sedis, año III (1911), págs. 117-121. La traducción al Español fue tomada del sitio ADELANTE LA FE, a partir de la edición inglesa en THE REMNANT.
 
CARTA APOSTÓLICA “Ex quo nono labénte sǽculo”, CONDENANDO CIERTO ARTÍCULO SOBRE EL RETORNO DE LAS IGLESIAS A LA UNIDAD CATÓLICA
  
Nuestro Santísimo Señor Papa Pío X, por providencia de Dios.
  
A los Arzobispos y Delegados Apostólicos de Bizancio en Grecia, Egipto, Mesopotamia, Persia, Siria, y las Indias Orientales.
 
Venerables hermanos, salud y bendición apostólica:
  
Sería difícil decir cuánto han hecho los hombres santos desde los años finales del siglo IX, cuando las naciones de Oriente empezaron a ser arrancadas de la unidad de la Iglesia católica, para que nuestros hermanos separados pudieran ser devueltos a su seno. Por encima de todos los demás, los Sumos Pontífices, nuestros predecesores, en cumplimiento de su deber de proteger la fe y la unidad eclesiástica, no han dejado nada por hacer, respecto de la disidencia paterna que trajo amargo dolor a Occidente, pero que causó pérdidas a Oriente. Los testigos de esto, por mencionar solo a algunos de entre muchos, son Gregorio IX, Inocencio IV, Clemente IV, Gregorio X, Eugenio XIII, y Benedicto XI [1].
  
Pero nadie ignora el gran fervor con el que más recientemente, nuestro predecesor de feliz memoria, León XIII, invitó a las naciones de Oriente a asociarse de nuevo con la Iglesia romana.
  
“En cuanto a nosotros”, decía, “para ser sinceros, hemos de confesar que el mismo recuerdo de la antigua gloria y los méritos incomparables de los que Oriente puede jactarse nos son indescriptiblemente dulces. En efecto, esta fue la cuna de la redención humana y de los primeros frutos del cristianismo. De ahí en adelante, como afluentes de un río real, se difundieron hacia Occidente las riquezas de las incalculables bendiciones obtenidas por nosotros por medio del Evangelio de Jesucristo… Mientras sopesamos estas cosas, venerables hermanos, en nuestra mente no deseamos ni ansiamos nada tanto como el llevar a cabo la restauración de toda la virtud y la grandeza de Oriente en el pasado. Y más aún porque los signos que, en el desarrollo de los acontecimientos humanos, aparecen de cuando en cuando, dan motivos para esperar que los orientales, movidos por la divina gracia, podrían volver la reconciliación con la Iglesia de Roma, de cuyo seno han estado separados tantos años” [2].
 
Ni, ciertamente, estamos nosotros, como vosotros bien sabéis, venerables hermanos, menos deseosos de que el día por el que tan ardientemente han rezado tantos hombres santos llegue rápidamente, y que el muro que ha dividido por tanto tiempo a dos pueblos sea demolido hasta sus cimientos, y que entre estos, envueltos en un abrazo de fe y caridad, la paz tan largamente suplicada florezca en todo su esplendor, y que haya un rebaño y un pastor (Juan 10, 16).
  
Mientras estos eran nuestros pensamientos nos llegó un motivo para el dolor de la mano de cierto artículo publicado en la nueva revista Roma e l’Oriente, titulado “Pensamientos sobre la cuestión de la unión de las Iglesias”. Pues, efectivamente, este artículo está lleno de tantos errores, no solo teológicos, sino también históricos, que casi no podría incluirse una colección más grande en un número de páginas tan reducido.
   
Los errores en el artículo
Y, desde luego tan precipitada como falsamente, en el artículo se hace un acercamiento a la posición de que el dogma de la procedencia del Espíritu Santo del Hijo no deriva de ninguna manera de las palabras del Evangelio ni se prueba por la creencia de los antiguos Padres. Con la misma imprudencia, se expresa duda sobre si los sagrados dogmas del Purgatorio y la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María fueron asumidos por los santos hombres de los primeros siglos. De nuevo, cuando el artículo viene a tratar la constitución de la Iglesia, tenemos, primero, una renovación del error condenado hace mucho tiempo por nuestro predecesor, Inocencio X [3], según el cual San Pablo es considerado como si fuera exactamente igual a un hermano de San Pedro. En segundo lugar, y no menos erróneamente, se sugiere que en los primeros siglos la Iglesia Católica no fue gobernada por una única cabeza —es decir, una monarquía— y que la primacía de la Iglesia Romana no se sustentaba en argumentos válidos. El artículo tampoco deja intacta la doctrina católica sobre la Santísima Eucaristía, puesto que se afirma tenazmente que es admisible la visión extendida entre los griegos de que las palabras de la consagración no tienen su efecto a menos que se haya ofrecido primero la oración llamada “Epíclesis”, pese a que es sabido que la Iglesia no tiene ningún poder para alterar la sustancia de los sacramentos. Igualmente inadmisible es la idea de que la confirmación administrada por cualquier sacerdote puede tenerse por válida [4].
  
Incluso con este resumen de los errores contenidos en este artículo entenderéis fácilmente, venerables hermanos, la gravísima ofensa que se le ha hecho a todos los que lo leyeron, y cuán grandemente nosotros mismos nos hemos asombrado de que la enseñanza católica sea tan deliberadamente pervertida por palabras abiertas, y de que muchos puntos históricos en las causas del cisma oriental sean tan atropelladamente tergiversados respecto de la realidad. En primer lugar, se imputa falsamente a los santos Papas Nicolás I y León IX que una gran parte de la responsabilidad del problema se debió al orgullo y la ambición de uno y a las duras reprimendas del otro —como si la energía apostólica de aquel en defensa de los derechos más sagrados pudieran atribuirse al orgullo, o la persistencia del último en corregir a los malvados pudiera ser llamada crueldad—.
  
Los inicios de la historia también son pisoteados cuando aquellas santas expediciones llamadas Cruzadas son difamadas como empresas de piratas o, lo que es aún más serio, cuando a los Pontífices romanos se les reprocha el fervor con el que llamaron a las naciones orientales a la unión con la Iglesia romana, fervor que se atribuye al deseo de poder y no a una diligencia apostólica por alimentar al rebaño de Cristo.
  
Grande, también, fue nuestro asombro ante la afirmación en el mismo artículo de que los griegos de Florencia fueron forzados por los latinos a convenir con la unidad, y que el mismo pueblo fue inducido mediante falsos argumentos a recibir el dogma de la procedencia del Espíritu Santo del Hijo tanto como del Padre. El artículo llega incluso tan lejos, desafiando los hechos de la historia, como para cuestionar si los concilios generales que tuvieron lugar tras la secesión de los griegos, desde el octavo hasta aquel del [Concilio] Vaticano, deben tenerse por verdaderamente ecuménicos, de donde se postula una regla de una especie de unidad híbrida según la cual solo lo que de entonces en adelante fuera reconocido por cualquier Iglesia como su herencia común antes de la separación sería legítimo, observándose un completo silencio sobre todo lo demás como adiciones superfluas y espurias.
  
Exhortación para esforzarse en la Unidad
Hemos pensado que estas cosas deberían seros indicadas, venerables hermanos, no solo para que podáis saber que las proposiciones y teorías son rechazadas por nosotros como falsas, temerarias y ajenas a la Fe Católica, sino también para que, mientras esté en vuestro poder, podáis tratar de ahuyentar una influencia tan perniciosa del pueblo confiado a vuestro atento cuidado acompañándolos a todos a asumir sin demora las enseñanzas aceptadas, no escuchando nunca ninguna otra, aunque un ángel del cielo la predicara (Gálatas 1, 8). Al mismo tiempo, igualmente, os pedimos seriamente que les recalquéis que no tenemos deseo más ardiente que el de que todos los hombres de buena voluntad ejerzan infatigablemente toda su fuerza para que la unidad esperada pueda ser más rápidamente obtenida, para que aquellas ovejas a quienes las divisiones separan puedan estar unidas en la profesión de una Fe Católica bajo un pastor supremo. Y esto llegará más fácilmente si se multiplican las oraciones fervientes al Espíritu Santo Paráclito, que “no es Dios de confusión, sino de paz” (I Corintios 14, 33). Así ocurrirá que la oración de Cristo que Él ofreció entre gemidos antes de padecer el peor de los tormentos se realice, “que todos sean una cosa, como Tú, Padre, en mí, y Yo en ti; que también ellos sean en Nosotros una cosa” (Juan 17, 21).
 
Finalmente, estemos todos seguros de que el trabajo con este objeto será en vano a menos que, y sobre todo, abracen la verdadera y completa Fe Católica tal y como ha sido entregada y consagrada en la Sagrada Escritura, la Tradición de los Padres, el consentimiento de la Iglesia, los Concilios generales y los decretos de los Sumos Pontífices. Dejad, entonces, que todos aquellos que se esfuerzan por defender la causa de la unidad vayan adelante; dejadlos seguir adelante llevando el casco de la fe, sosteniendo el ancla de la esperanza, e inflamados con el fuego de la caridad, para trabajar incesantemente en esta empresa divina y Dios, el autor y amante de la paz en cuyo poder están los tiempos y las épocas (Hechos 1, 7), apresurará el día en que las naciones de Oriente vuelvan a la unidad católica y, unidos a la Sede Apostólica, tras desechar sus errores, entren en el puerto de la salvación eterna.
  
La sumisión del príncipe Maximiliano de Sajonia, autor del artículo
Esta carta, venerables hermanos, la haréis publicar tras ser diligentemente traducida a la lengua vernácula del país que os esté confiado. Y mientras nos regocijamos de informaros de que el amado autor de este artículo, que ciertamente fue escrito por él desconsideradamente, pero con buena fe, nos ha dado en nuestra presencia sinceramente y de corazón su disposición para enseñar, rechazar y condenar hasta el final de su vida todo lo que enseña, rechaza y condena la Santa Sede Apostólica, y muy amorosamente en el Señor le impartimos la bendición apostólica como una señal de los dones celestiales y como prueba de nuestra benevolencia.
 
Dada en Roma, junto a San Pedro, el día 26 de Diciembre, año de 1910, octavo de Nuestro pontificado. PAPA PÍO X.

NOTAS
[1] Constitución “Nuper ad Nos” (16 de Marzo de 1743), que prescribe otra Profesión de Fe para los orientales.
[2] Alocución “Si fuit in re” (13 de Diciembre de 1880) a los Cardenales reunidos en el Vaticano. Publicada en Acta Sanct Sedis, tomo II, pág. 179; cf. Carta Apostólica “Præclára Gratulatiónis” (20 de Junio de 1894), en Acta, Tomo XIV, pág. 195.
[3] Decreto de la Congregación General de la Sagrada Romana y Universal Inquisición (24 de Enero de Enero de 1647).
[4] Cf. Benedicto XIV, Constitución “Etsi Pastorális” (26 de Mayo de 1742) para los ítalo-griegos, que declara írrita la confirmación conferida por el simple sacerdote de rito latino en virtud de la sola delegación del obispo.

miércoles, 16 de agosto de 2017

LA DEVOCIÓN A LA SANTA FAZ EN LA ORTODOXIA

En la Ortodoxia y el Catolicismo de Rito Oriental, se tiene en gran veneración un icono que llaman “no hecho por mano de hombre” (en griego Ἀχειροποίητος y en ruso Нерукотворные), el cual representa generalmente la Santa Faz de Jesucristo. De hecho, puede considerarse como uno de los iconos que más devoción tiene en estas iglesias.
 
La Santa Faz de Laon (Francia). Icono de estilo Acheiropoietos
 
El Mandylion de Edesa surgió, según la tradición, después de que el rey Agbaro (ܐܲܒ݂ܓܵܪ) V de Edesa enviase en el año 32 una carta a Jesús, cuya fama había llegado a su atención, para pedirle que fuera a su corte para sanarlo de una enfermedad incurable (Eusebio de Cesarea dice que era lepra), y Le ofreció asilo en su ciudad frente al odio de los judíos. Entre la delegación enviada por el monarca estaba Ananías, cronista y jefe de los reales archivos, que además era pintor. Ananías llegó cuando Jesús predicaba a una multitud de gentes (por lo que no pudo acercarse a Él). Trató de pintar a lo lejos, pero no pudo captar su imagen al quedar deslumbrado por la luz que irradiaba el rostro de Jesús. En respuesta, Jesús le mandó decir que
“es preciso que Yo cumpla aquí todas las cosas para las cuales he sido enviado, y que, después de haberlas cumplido, vuelva a Aquel que me envió. Y, cuando haya vuelto a Él, te mandaré a uno de mis discípulos, para que te cure de tu dolencia, y para que comunique a ti y a los tuyos el camino de la bienaventuranza”. 
  
Curación del rey Abgaro de Edesa
  
Tiempo después, San Judas Tadeo (los griegos y siríacos aseguran que San Tadeo de Edesa, discípulo de Santo Tomás) se presentó ante el rey Abgaro, con un retrato de Jesús. Al hacer ostensión de la imagen de Jesús, el rey sanó de su enfermedad y posteriormente se hizo bautizar con toda su corte y el pueblo. Abgaro conservó en gran devoción la imagen de Jesús, poniéndola en lo alto de la puerta de la ciudad con la inscripción “Oh Cristo Dios, no dejes confundidos a quienes esperan en Ti”, pero al morir, uno de sus sucesores apostató y quiso perseguir a la Iglesia. Frente a esto, el obispo recibió mandato de ocultar la imagen con una lámpara encendida tras un azulejo. Pasaron muchos años, y la gente se olvidó del Mandylión. Pero en el 545, durante el asedio del emperador persa Cosroes I a Edessa, la Santísima Virgen se apareció al obispo Eulabio y le ordenó sacar la imagen del nicho que tenía en la muralla, y de esa manera la ciudad se salvaría de sus enemigos. Al abrir el nicho, encontraron el Mandylión y la lámpara aún ardiendo, pero la imagen se copió en el azulejo, el cual pasó a llamarse el cual pasó a llamarse “Keramidión” (se cree que dicho icono está actualmente en la iglesia de San Bartolomé de los Armenios en Génova, donde llegó luego de que el Dux Leonardo Montaldo lo recibiera del emperador bizantino Juan V Paleólogo). Al realizar una procesión con la Imagen, las tropas persas se dieron a la fuga.    

El Mandylion desapareció durante la conquista sasánida de Edesa en 609, reapareciendo en el año 944 al ser canjeado por un grupo de prisioneros musulmanes. La imagen de Edesa se llevó a Constantinopla y fue recibida con todos los honores por el emperador Romano I, que la depositó en el Palacio Imperial, donde permaneció hasta que los cruzados saquearon la ciudad en 1204 y se llevaron gran parte de los tesoros a Occidente. De ahí en adelante, las hipótesis varían: unos afirman que llegó a Francia con otras reliquias y desapareció con la Revolución, mientras que otros aseguran que en realidad se trataba de la Sábana Santa de Turín, doblada en forma conveniente para ser guardada en un cofre.
 
Durante el período de la herejía iconoclasta, aquellos que defendían la veneración de las imágenes. y que por ellas derramaron su sangre, cantaban el tropario del Mandylión. Como prueba de la validez de la veneración de los iconos, el papa Gregorio II (715-731) envió una carta al emperador bizantino, en la cual destacaba la curación del rey Abgaro y la estadía del icono Acheiropoietos en Edessa como un hecho de conocimiento general. El calendario litúrgico bizantino consagra el 16 de Agosto como el día del Mandylión, con motivo de su traslación a Constantinopla en el 944. En Rusia (nación que tenía el Mandylión como estandarte en las batallas), la costumbre es que el creyente, antes de entrar a un templo, lea el tropario del icono del Salvador, junto a otras oraciones:
Veneramos tu imagen purísima, oh Dios, y pedimos perdón de nuestros pecados, oh Cristo Dios. Por tu propia voluntad quisiste ascender a la Cruz en la carne, para liberar a tus creaturas de la esclavitud del Enemigo. Por esto, en acción de gracias Te clamamos en alta voz: “Tú lo has llenado todo de gozo, oh Salvador nuestro, viniendo a salvar al mundo”.

UN EPISODIO DE LA PRIMERA CRUZADA

El 12 de Agosto de 1099 las milicias cruzadas guiadas por Gogofredo de Bouillon, “Advocátus Sancti Sepúlchri”, y por Arnulfo de Roeux, Patriarca latino de Jerusalén, desbarataron en Ascalón el ejército mahometano comandado del visir fatimida Al-Afdal Shahanshah. Dios, a pesar de la discordia de los príncipes cristianos reluctantes a obedecer al sabio Godofredo, llevó a buen término la obra de la Primera Cruzada, demostrando cual fuese el poder de la Cruz sobre la Medialuna. El mismo jefe mahometano, desconcertado por la derrota, exclamó: “Oh Mahoma! Será verdad que el poder del Crucificado es más grande que el tuyo, visto que los cristianos han dispersado a tus discípulos”. Al día siguiente, para agradecerle al Señor de los ejércitos por la victoria alcanzada, el estandarte del visir, capturado por los cristianos, fue depuesto en la Basílica del Santo Sepulcro.

martes, 15 de agosto de 2017

VISIÓN EXTÁTICA DE SAN IGNACIO EN MANRESA

NOTA, Y APUNTE DE LO QUE NUESTRO PADRE SAN IGNACIO VIO Y ENTENDIÓ EN EL ÉXTASIS, O RAPTO DE OCHO DÍAS, QUE TUVO EN MANRESA
 
San Ignacio de Loyola haciendo penitencia en la Cueva de Manresa (Juan de Valdés Leal)
    
En el primer día tuvo una clara visión de toda su vida pasada, de los pecados cometidos y de los beneficios recibidos de Dios.
  
En el segundo día le fue revelado el modo que había de tener en adelante en su vida, las gracias y dones que le quería dar o comunicar Dios, y por cual había de ser llevado a la perfección.
  
En el tercero vio la alteza del instituto de la Compañía, que Dios quería fundar por él, y todo su progreso; y en esta ocasión se le dio a entender en particular, cómo la Compañía había de degenerar de su primer fervor por los muchos defectos, principalmente por la soberbia, doblez y espíritu político de muchos de ellos.
  
En el cuarto le fueron impresos altísimamente todos los misterios de la vida y pasión de Cristo, conforme aquello de San Pablo: Hoc enim sentíte in vobis, quod in Christo Jesu.
  
En el quinto día le fue dada una clarísima cognición de los ejercicios espirituales que en Manresa hizo, sacando los sentimientos que tuvo de la vida de Cristo.
  
En el sexto día le fue mostrada la forma que había de tener en tratar y comunicar con toda suerte de personas, Prelados, Príncipes, Magistrados, etc., acomodándose al genio de todos, como lo hizo Cristo.
  
En el séptimo le dio a ver la pérdida de todo el lustre de la Compañía y de todas las cosas dichas, a lo cual se resignó él con grandísima prontitud; y por esto en su Vida se dice: que si bien le sería molesta la ruina de la Compañía, pero que no perdería su paz [1].
  
En el octavo tuvo claro conocimiento de la orden que debía tener en sus acciones cotidianas, tanto para con Dios, como para consigo y con los próximos, Roma, etc.
 
En el tercer día de su rapto vio Nuestro Padre San Ignacio la gran caída que daría la Compañía por las causas siguientes:
  1. Por haberse introducido en ella un gobierno político;
  2. Por la mucha ambición;
  3. Por el mucho doblez en el trato;
  4. Por mucha soberbia, y otros varios defectos en muchos de sus hijos.
     
Hállase esta revelación en el Colegio de la ciudad de Termini en Sicilia en un papel manuscrito del P. Domenech, que fue secretario de Nuestro Padre San Ignacio.
 
El padre Flayva, varón ilustre (que floreció en el Brasil a principio de este siglo de 700) escribió una carta al padre provincial de Portugal, en que dice, que eran tres los motivos porque Dios castigaba a la Compañía en Portugal. Primero: la soberbia oculta, que sumamente desagradaba a los divinos ojos, comparándose la Compañía con preferencia a las demás religiones; y que por esta soberbia había de ser abatida más que nunca. Segundo: la falta y desatención al Culto Divino, principalmente en celebrar el Santo Sacrificio de la Misa y en rezar el Oficio Divino, en lo que nos hacían ventaja las demás religiones en que había Coro; y que supuesto no le había en la Compañía, nos debíamos perfeccionar y esmerar en el Rezo Divino. Tercero: porque ya desdecía la Compañía de aquella obediencia ciega en que deseó vernos muy señaladamente Nuestro Padre San Ignacio. Últimamente dijo el padre Flayva que con este azote quería Dios castigar la Compañía, y restituirla a su primer espíritu y ardiente celo de la salvación de las almas; y que así no lo extrañasen, ni sintiesen, aun cuando se viesen despojados de sus propias haciendas.
Es copia del original, que de letra del Padre Procurador de Provincia Antonio Miranda, se halló en su aposento en el Colegio de Córdoba del Tucumán, entre los demás papeles recogidos después de la ejecución del Decreto. Buenos Aires, 12 de Septiembre de 1767. El Obispo de Buenos Aires.
    
PADRE JUAN DE MARIANA SJ. Discurso de las Enfermedades de la Compañía. Madrid, Imprenta de don Gabriel Ramírez, 1768. Págs 277-280.
  
NOTA
[1] San Ignacio dijo: Que la cosa más sensible que podía sucederle, sería ver extinguida su Compañía por declinar de su instituto; pero que con un cuarto de hora que Dios le concediese para resignar su voluntad en la divina, quedaría muy conforme y sin pesar. En estas palabras se descubren vestigios bastantemente claros de la revelación que se ha referido. El Padre Rodríguez en sus Ejercicios Espirituales tuvo aquellas expresiones por un acto heroico de su resignación, y no por una profecía; y pudo ser uno y otro.

SECUENCIA “Índuant Justítiam”, EN HONOR A LA ASUNCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN SANTA MARÍA

Secuencia introducida en el Misal Parisino por el Cardenal Louis Antoine de de Noailles en 1706.
  

LATÍN
Índuant justítiam,
Prædícent lætítiam
Qui minístrant Númini.
 
It in suam réquiem,
Infert cœlo fáciem
Arca viva Dómini.
  
Christum, cum huc vénerat,
Quo mater suscéperat,
Non est venter púrior.
  
In quo, dum hinc révocat,
Matrem Christus cóllocat,
Thronus non est célsior.
  
Quæ te, Christe, génuit,
Quæ lacténtem áluit,
Nunc beátam dícimus.
  
Immo, quod credíderit,
Quod sibi vilúerit,
Hinc beátam nóvimus.
 
O præ muliéribus,
Quin et præ cœlítibus,
Benedícta fília.
 
Hauris unde plénior,
Hoc e fonte crébior
Stillet in nos grátia.
 
A Deum ut ádeant,
Per te vota tránseant:
Non fas matrem réjici.
  
Amet tuam Gálliam,
Regi det justítiam,
Plebi pacem súpplici.
Amen. Allelúja.
 
TRADUCCIÓN
Revestidos de justicia
Proclaman la alegría
Los ministros del Altísimo.
  
Yendo a su retiro,
Dirige su faz hacia el Cielo
El Arca viva del Señor.
 
Ningún seno más puro
Que el que recibió a Cristo
Se encontró en este mundo.
 
Ningún trono el más elevado
Este que Cristo a su Madre le ofrece
Luego de llamarla de aquí abajo.
 
A la que te engendró, oh Cristo,
Y con su leche te alimentó,
Nosotros llamamos Bienaventurada.
  
Mas ¡quién podrá creer
Que aquella que se humilló
es la que nosotros proclamamos Bienaventurada!
 
Tú, oh Hija, eres bendita,
Más que las mujeres de la tierra,
Más que los moradores del Cielo.
 
En la fuente de la gracia,
De la cual tú eres llena,
Infúndela en nosotros abundantemente.
 
Para llegar hasta Dios,
Que por ti atiende nuestras oraciones:
Él no puede rechazar a su Madre.
    
Ámete la Galia tuya,
Dale justicia a sus reyes,
Y paz a su pueblo orante.
Amén. Aleluya.