martes, 31 de julio de 2012

SAN IGNACIO DE LOYOLA, CONFESOR, FUNDADOR Y SOLDADO DE CRISTO

“Haced todo a gloria de Dios”. (1 Corintios 10, 31)

San Ignacio de Loyola
   
SAN IGNACIO nació probablemente, en 1491, en el castillo de Loyola en Azpeitia, población de Guipúzcoa, cerca de los Pirineos. Su padre, don Bertrán, era señor de Ofiaz y de Loyola, jefe de una de las familias más antiguas y nobles de la región. Y no era menos ilustre el linaje de su madre, Marina Sáenz de Licona y Balda. Iñigo (pues ése fue el nombre que recibió el santo en el bautismo) era el más joven de los ocho hijos y tres hijas de la noble pareja. Iñigo luchó contra los franceses en el norte de Castilla. Pero su breve carrera militar terminó abruptamente el 20 de mayo de 1521, cuando una bala de cañón le rompió la pierna durante la lucha en defensa del castillo de Pamplona. Después de que Iñigo fue herido, la guarnición española capituló.
   
Los franceses no abusaron de la victoria y enviaron al herido en una litera al castillo de Loyola (su hogar). Como los huesos de la pierna soldaron mal, los médicos consideraron necesario quebrarlos nuevamente. Iñigo se decidió a favor de la operación y la soportó estoicamente ya que anhelaba regresar a sus anteriores andanzas a todo costo.
   
Pero, como consecuencia, tuvo un fuerte ataque de fiebre con tales complicaciones que los médicos pensaron que el enfermo moriría antes del amanecer de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Sin embargo empezó a mejorar, aunque la convalecencia duró varios meses. No obstante la operación de la rodilla rota presentaba todavía una deformidad. Iñigo insistió en que los cirujanos cortasen la protuberancia y, pese a éstos le advirtieron que la operación sería muy dolorosa, no quiso que le atasen ni le sostuviesen y soportó la despiadada carnicería sin una queja. Para evitar que la pierna derecha se acortase demasiado, Iñigo permaneció varios días con ella estirada mediante unas pesas. Con tales métodos, nada tiene de extraño que haya quedado cojo para el resto de su vida.
   
Con el objeto de distraerse durante la convalecencia, Iñigo pidió algunos libros de caballería (aventuras de caballeros en la guerra), a los que siempre había sido muy afecto. Pero lo único que se encontró en el castillo de Loyola fue una historia de Cristo y un volumen de vidas de santos. Iñigo los comenzó a leer para pasar el tiempo, pero poco a poco empezó a interesarse tanto que pasaba días enteros dedicado a la lectura. Y se decía:
Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, bien yo puedo hacer lo que ellos hicieron.
     
Inflamado por el fervor, se proponía ir en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora y entrar como hermano lego a un convento de cartujos. Pero tales ideas eran intermitentes, pues su ansiedad de gloria y su amor por una dama, ocupaban todavía sus pensamientos. Sin embargo, cuando volvía a abrir el libro de la vida de los santos, comprendía la futilidad de la gloria mundana y presentía que sólo Dios podía satisfacer su corazón. Las fluctuaciones duraron algún tiempo. Ello permitió a Iñigo observar una diferencia: en tanto que los pensamientos que procedían de Dios le dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad, los pensamientos vanos le procuraban cierto deleite, pero no le dejaban sino amargura y vacío. Finalmente, Iñigo resolvió imitar a los santos y empezó por hacer toda penitencia corporal posible y llorar sus pecados.
  
Aparición de Nuestra Señora a San Ignacio (Sebastián Ricci)
  
Una noche, se le apareció la Madre de Dios, rodeada de luz y llevando en los brazos a Su Hijo. La visión consoló profundamente a Ignacio. Al terminar la convalecencia, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Montserrat, donde determinó llevar vida de penitente. Su propósito era llegar a Tierra Santa y para ello debía embarcarse en Barcelona que está muy cerca de Montserrat. La ciudad se encontraba cerrada por miedo a la peste que azotaba la región. Así tuvo que esperar en el pueblecito de Manresa, no lejos de Barcelona y a tres leguas de Montserrat. El Señor tenía otros designios más urgentes para Ignacio en ese momento de su vida. Lo quería llevar a la profundidad de la entrega en oración y total pobreza. Se hospedó ahí, unas veces en el convento de los dominicos y otras en un hospicio de pobres. Para orar y hacer penitencia, se retiraba a una cueva de los alrededores. Así vivió durante casi un año.
  
Cueva de Manresa, donde San Ignacio hizo penitencia durante un año (allí nacieron los Ejercicios Espirituales)
     
A fin de imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a El, de verdad, cada vez más; quiero y escojo la pobreza con Cristo, pobre más que la riqueza; las humillaciones con Cristo humillado, más que los honores, y prefiero ser tenido por idiota y loco por Cristo, el primero que ha pasado por tal, antes que como sabio y prudente en este mundo. Se decidió a escoger el Camino de Dios, en vez del camino del mundo... hasta lograr alcanzar su santidad.
   
A las consolaciones de los primeros tiempos sucedió un período de aridez espiritual; ni la oración, ni la penitencia conseguían ahuyentar la sensación de vacío que encontraba en los sacramentos y la tristeza que le abrumaba. A ello se añadía una violenta tempestad de escrúpulos que le hacían creer que todo era pecado y le llevaron al borde de la desesperación. En esa época, Ignacio empezó a anotar algunas experiencias que iban a servirle para el libro de los Ejercicios Espirituales. Finalmente, el santo salió de aquella noche oscura y el más profundo gozo espiritual sucedió a la tristeza. Aquella experiencia dio a Ignacio una habilidad singular para ayudar a los escrupulosos y un gran discernimiento en materia de dirección espiritual. Más tarde, confesó al P. Diego Laínez que, en una hora de oración en Manresa, había aprendido más de lo que pudiesen haberle enseñado todos los maestros en las universidades. Sin embargo, al principio de su conversión, Ignacio estaba tan sugestionado por la mentalidad del mundo que, al oír a un moro blasfemar de la Santísima Virgen, se preguntó si su deber de caballero cristiano no consistía en dar muerte al blasfemo, y sólo la intervención de la Providencia le libró de cometer ese crimen.
   
En febrero de 1523, Ignacio por fin partió en peregrinación a Tierra Santa. Pidió limosna en el camino, se embarcó en Barcelona, pasó la Pascua en Roma, tomó otra nave en Venecia con rumbo a Chipre y de ahí se trasladó a Jaffa. Del puerto, a lomo de mula, se dirigió a Jerusalén, donde tenía el firme propósito de establecerse. Pero, al fin de su peregrinación por los Santos Lugares, el franciscano encargado de guardarlos le ordenó que abandonase Palestina, temeroso de que los mahometanos, enfurecidos por el proselitismo de Ignacio, le raptasen y pidiesen rescate por él. Por lo tanto, el joven renunció a su proyecto y obedeció, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer al regresar a Europa. Otra vez, la Divina Providencia tenía designios para esta alma tan generosa.
     
En 1524, llegó de nuevo a España, donde se dedicó a estudiar, pues pensaba que eso le serviría para ayudar a las almas. Una piadosa dama de Barcelona, llamada Isabel Roser, le asistió mientras estudiaba la gramática latina en la escuela. Ignacio tenía entonces treinta y tres años, y no es difícil imaginar lo penoso que debe ser estudiar la gramática a esa edad. Al principio, Ignacio estaba tan absorto en Dios, que olvidaba todo lo demás; así, la conjugación del verbo latino amáre se convertía en un simple pretexto para pensar: Amo a Dios. Dios me ama. Sin embargo, el santo hizo ciertos progresos en el estudio, aunque seguía practicando las austeridades y dedicándose a la contemplación y soportaba con paciencia y buen humor las burlas de sus compañeros de escuela, que eran mucho más jóvenes que él.
    
Al cabo de dos años de estudios en Barcelona, pasó a la Universidad de Alcalá a estudiar lógica, física y teología; pero la multiplicidad de materias no hizo más que confundirle, a pesar de que estudiaba noche y día. Se alojaba en un hospicio, vivía de limosna y vestía un áspero hábito gris. Además de estudiar, instruía a los niños, organizaba reuniones de personas espirituales en el hospicio y convertía a numerosos pecadores con sus reprensiones llenas de mansedumbre.
    
Había en España muchas desviaciones de la devoción. Como Ignacio carecía de los estudios y la autoridad para enseñar, fue acusado ante el vicario general del obispo, quien le tuvo prisionero durante cuarenta y dos días, hasta que, finalmente, absolvió de toda culpa a Ignacio y sus compañeros, pero les prohibió llevar un hábito particular y enseñar durante los tres años siguientes. Ignacio se trasladó entonces con sus compañeros a Salamanca. Pero pronto fue nuevamente acusado de introducir doctrinas peligrosas. Después de tres semanas de prisión, los inquisidores le declararon inocente. Ignacio consideraba la prisión, los sufrimientos y la ignominia como pruebas que Dios le mandaba para purificarle y santificarle. Cuando recuperó la libertad, resolvió abandonar España. En pleno invierno, hizo el viaje a París, a donde llegó en febrero de 1528.
    
Los dos primeros años los dedicó a perfeccionarse en el latín, por su cuenta. Durante el verano iba a Flandes y aun a Inglaterra a pedir limosna a los comerciantes españoles establecidos en esas regiones. Con esa ayuda y la de sus amigos de Barcelona, podía estudiar durante el año. Pasó tres años y medio en el Colegio de Santa Bárbara, dedicado a la filosofía. Ahí indujo a muchos de sus compañeros a consagrar los domingos y días de fiesta a la oración y a practicar con mayor fervor la vida cristiana. Pero el maestro Peña juzgó que con aquellas prédicas impedía a sus compañeros estudiar y predispuso contra Ignacio al doctor Guvea, rector del colegio, quien condenó a Ignacio a ser azotado para desprestigiarle entre sus compañeros. Ignacio no temía al sufrimiento ni a la humillación, pero, con la idea de que el ignominioso castigo podía apartar del camino del bien a aquéllos a quienes había ganado, fue a ver al rector y le expuso modestamente las razones de su conducta. Guvea no respondió, pero tomó a Ignacio por la mano, le condujo al salón en que se hallaban reunidos todos los alumnos y le pidió públicamente perdón por haber prestado oídos, con ligereza, a los falsos rumores. En 1534, a los cuarenta y tres años de edad, Ignacio obtuvo el título de maestro en artes de la Universidad de París.
    
Las palabras fervorosas de Ignacio, llenas del Espíritu Santo, abrió los corazones de algunos compañeros. Por aquella época, se unieron a Ignacio otros seis estudiantes de teología: Pedro Fabro, que era sacerdote de Saboya; Francisco Javier, un navarro; Diego Laínez y Alfonso Salmerón, que brillaban mucho en los estudios; Simón Rodríguez, originario de Portugal y Nicolás Bobadilla. Movidos por las exhortaciones de Ignacio, aquellos fervorosos estudiantes hicieron voto de pobreza, de castidad y de ir a predicar el Evangelio en Palestina, o, si esto último resultaba imposible, de ofrecerse al Papa para que los emplease en el servicio de Dios como mejor lo juzgase. La ceremonia tuvo lugar en una capilla de Montmartre, donde todos recibieron la comunión de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse sacerdote. Era el día de la Asunción de la Virgen de 1534.
 
Profesión de votos de San Ignacio y los siete primeros jesuitas
   
Ignacio mantuvo entre sus compañeros el fervor, mediante frecuentes conversaciones espirituales y la adopción de una sencilla regla de vida. Poco después, hubo de interrumpir sus estudios de teología, pues el médico le ordenó que fuese a tomar un poco los aires natales, ya que su salud dejaba mucho que desear. Ignacio partió de París, en la primavera de 1535. Su familia le recibió con gran gozo, pero el santo se negó a habitar en el castillo de Loyola y se hospedó en una pobre casa de Azpeitia.
  
Dos años más tarde, se reunió con sus compañeros en Venecia. Pero la guerra entre venecianos y turcos les impidió embarcarse hacia Palestina. Los compañeros de Ignacio, que eran ya diez, se trasladaron a Roma; Pablo III los recibió muy bien y concedió a los que todavía no eran sacerdotes el privilegio de recibir las órdenes sagradas de manos de cualquier obispo. Después de la ordenación, se retiraron a una casa de las cercanías de Venecia a fin de prepararse para los ministerios apostólicos. Los nuevos sacerdotes celebraron la primera misa entre septiembre y octubre, excepto Ignacio, quien la difirió más de un año con el objeto de prepararse mejor para ella. Como no había ninguna probabilidad de que pudiesen trasladarse a Tierra Santa, quedó decidido finalmente que Ignacio, Fabro y Laínez irían a Roma a ofrecer sus servicios al Papa. También resolvieron que, si alguien les preguntaba el nombre de su asociación, responderían que pertenecían a la Compañía de Jesús (San Ignacio no empleó nunca el nombre de “jesuita. Este nombre comenzó como un apodo), porque estaban decididos a luchar contra el vicio y el error bajo el estandarte de Cristo. Durante el viaje a Roma, mientras oraba en la capilla de “La Storta, el Señor se apareció a Ignacio, rodeado por un halo de luz inefable, pero cargado con una pesada cruz. Cristo le dijo: Ego vobis Romæ propítius ero (Os seré propicio en Roma).
 
Aparición en La Storta
   
Pablo III nombró al padre Fabro profesor en la Universidad de la Sapienza y confió a Laínez el cargo de explicar la Sagrada Escritura. Por su parte, Ignacio se dedicó a predicar los Ejercicios y a catequizar al pueblo. El resto de sus compañeros trabajaba en forma semejante, a pesar de que ninguno de ellos dominaba todavía el italiano.
   
Aprobación de Pablo III a los estatutos de la Compañía de Jesús

Ignacio y sus compañeros decidieron formar una congregación religiosa para perpetuar su obra. A los votos de pobreza y castidad debía añadirse el de obediencia para imitar más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo obediente hasta la muerte. Además, había que nombrar a un superior general a quien todos obedecerían, el cual ejercería el cargo de por vida y con autoridad absoluta, sujeto en todo a la Santa Sede. A los tres votos arriba mencionados, se agregaría el de ir a trabajar por el bien de las almas adondequiera que el Papa lo ordenase. La obligación de cantar en común el oficio divino no existiría en la nueva orden, “para que eso no distraiga de las obras de caridad a la que nos hemos consagrado. No por eso descuidaban la oración que debía tomar al menos una hora diaria.
  
La primera de las obras de caridad consistiría en enseñar a los niños y a todos los hombres los mandamientos de Dios. La comisión de cardenales que el Papa nombró para estudiar el asunto se mostró adversa al principio, con la idea de que ya había en la Iglesia bastantes órdenes religiosas, pero un año más tarde, cambió de opinión, y Pablo III aprobó la Compañía de Jesús por una bula emitida el 27 de septiembre de 1540. Ignacio fue elegido primer general de la nueva orden y su confesor le impuso, por obediencia, que aceptase el cargo. Empezó a ejercerlo el día de Pascua de 1541 y, algunos días más tarde, todos los miembros hicieron los votos en la basílica de San Pablo Extramuros.
    
Ignacio pasó el resto de su vida en Roma, consagrado a la colosal tarea de dirigir la orden que había fundado. Entre otras cosas, fundó una casa para alojar a los neófitos judíos durante el período de la catequesis y otra casa para mujeres arrepentidas. En cierta ocasión, alguien le hizo notar que la conversión de tales pecadoras rara vez es sincera, a lo que Ignacio respondió: Estaría yo dispuesto a sufrir cualquier cosa por el gozo de evitar un solo pecado. Rodríguez y Francisco Javier habían partido a Portugal en 1540. Con la ayuda del rey Juan III, Javier se trasladó a la India, donde empezó a ganar un nuevo mundo para Cristo. Los padres Luis Gonçalves y Juan Nuñez Barreto fueron enviados a Marruecos a instruir y asistir a los esclavos cristianos. Otros cuatro misioneros partieron al Congo; algunos más fueron a Etiopía y a las colonias portuguesas de América del Sur.
  
El Papa Pablo III nombró como teólogos suyos, en el Concilio de Trento, a los padres Laínez y Salmerón. Antes de su partida, San Ignacio les ordenó que visitasen a los enfermos y a los pobres y que, en las disputas se mostrasen modestos y humildes y se abstuviesen de desplegar presuntuosamente su ciencia y de discutir demasiado. Pero, sin duda que entre los primeros discípulos de Ignacio el que llegó a ser más famoso en Europa, por su saber y virtud, fue San Pedro Canisio, a quien la Iglesia venera actualmente como Doctor. En 1550, San Francisco de Borja regaló una suma considerable para la construcción del Colegio Romano. San Ignacio hizo de aquel colegio el modelo de todos los otros de su orden y se preocupó por darle los mejores maestros y facilitar lo más posible el progreso de la ciencia. El santo dirigió también la fundación del Colegio Germánico de Roma, en el que se preparaban los sacerdotes que iban a trabajar en los países invadidos por el protestantismo. En vida del santo se fundaron universidades, seminarios y colegios en diversas naciones. Puede decirse que San Ignacio echó los fundamentos de la obra educativa que había de distinguir a la Compañía de Jesús y que tanto iba a desarrollarse con el tiempo.
     
En 1542, desembarcaron en Irlanda los dos primeros misioneros jesuitas, pero el intento fracasó. Ignacio ordenó que se hiciesen oraciones por la conversión de Inglaterra, y entre los mártires de Gran Bretaña se cuentan veintinueve jesuitas. La actividad de la Compañía de Jesús en Inglaterra es un buen ejemplo del importantísimo papel que desempeñó en la contrarreforma. Ese movimiento tenía el doble fin de dar nuevo vigor a la vida de la Iglesia y de oponerse al protestantismo. La Compañía de Jesús era exactamente lo que se necesitaba en el siglo XVI para contrarrestar la Reforma. La revolución y el desorden eran las características de la Reforma. La Compañía de Jesús tenía por características la obediencia y la más sólida cohesión. Se puede afirmar, sin pecar contra la verdad histórica, que los jesuitas atacaron, rechazaron y derrotaron la revolución de Lutero y, con su predicación y dirección espiritual, reconquistaron a las almas, porque predicaban sólo a Cristo y a Cristo crucificado. Tal era el mensaje de la Compañía de Jesús, y con él, mereció y obtuvo la confianza y la obediencia de las almas (cardenal Enrique Manning). A este propósito citaremos las, instrucciones que San Ignacio dio a los padres que iban a fundar un colegio en Ingolstadt (Alemania), acerca de sus relaciones con los protestantes: Tened gran cuidado en predicar la verdad de tal modo que, si acaso hay entre los oyentes un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y moderación cristianas. No uséis de palabras duras ni mostréis desprecio por sus errores. El santo escribió en el mismo tono a los padres Pascasio Broet y Salmerón cuando se aprestaban a partir para Irlanda.
    
Una de las obras más famosas y fecundas de Ignacio fue el libro de los Los Ejercicios Espirituales. Es la obra maestra de la ciencia del discernimiento. Empezó a escribirlo en Manresa y lo publicó por primera vez en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa. Los Ejercicios cuadran perfectamente con la tradición de santidad de la Iglesia. Desde los primeros tiempos, hubo cristianos que se retiraron del mundo para servir a Dios, y la práctica de la meditación es tan antigua como la Iglesia. Lo nuevo en el libro de San Ignacio es el orden y el sistema de las meditaciones. Si bien las principales reglas y consejos que da el santo se hallan diseminados en las obras de los Padres de la Iglesia, San Ignacio tuvo el mérito de ordenarlos metódicamente y de formularlos con perfecta claridad.
  

Portada de la primera edición de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola (Año 1548)
   
La prudencia y caridad del gobierno de San Ignacio le ganó el corazón de sus súbditos. Era con ellos afectuoso como un padre, especialmente con los enfermos, a los que se encargaba de asistir personalmente procurándoles el mayor bienestar material y espiritual posible. Aunque San Ignacio era superior, sabía escuchar con mansedumbre a sus subordinados, sin perder por ello nada de su autoridad. En las cosas en que no veía claro se atenía humildemente al juicio de otros. Era gran enemigo del empleo de los superlativos y de las afirmaciones demasiado categóricas en la conversación. Sabía sobrellevar con alegría las críticas, pero también sabía reprender a sus súbditos cuando veía que lo necesitaban. En particular, reprendía a aquéllos a quienes el estudio volvía orgullosos o tibios en el servicio de Dios, pero fomentaba, por otra parte, el estudio y deseaba que los profesores, predicadores y misioneros, fuesen hombres de gran ciencia. La corona de las virtudes de San Ignacio era su gran amor a Dios. Con frecuencia repetía estas palabras, que son el lema de su orden: A la Mayor Gloria de Dio. A ese fin refería el santo todas sus acciones y toda la actividad de la Compañía de Jesús. También decía frecuentemente: Señor, ¿qué puedo desear fuera de Ti?”. Quien ama verdaderamente no está nunca ocioso. San Ignacio ponía su felicidad en trabajar por Dios y sufrir por su causa. Tal vez se ha exagerado algunas veces el “espíritu militar de Ignacio y de la Compañía de Jesús y se ha olvidado la simpatía y el don de amistad del santo por admirar su energía y espíritu de empresa.
  
Durante los quince años que duró el gobierno de San Ignacio, la orden aumentó de diez a mil miembros y se extendió en nueve países europeos, en la India y el Brasil. Como en esos quince años el santo había estado enfermo quince veces, nadie se alarmó cuando enfermó una vez más. Murió súbitamente el 31 de julio de 1556, sin haber tenido siquiera tiempo de recibir los últimos sacramentos.
   
Fue canonizado en 1622, y Pío XI le proclamó patrono de los ejercicios espirituales y retiros.
   
Adaptado del trabajo de Alban Butler et al, edición en español de R.P. Wilfredo Guinea. La Vida de los Santos de Butler, vol. 3. (Chicago USA: Rand McNally, 1965) pg.222-228.

MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SAN IGNACIO
   
I. San Ignacio, en la soledad de Manresa, había trazado el plano del edificio espiritual que debía edificar durante toda su vida. Su libro de los Ejercicios espirituales es un resumen de lo que debe hacerse y de lo que él mismo hizo para llegar a la perfección. Comenzó por llorar sus pecados y expiarlos mediante ruda penitencia. Es el primer paso: lavar nuestros pecados con lágrimas. Así procedieron todos los santos; ¿los imitamos nosotros? Aunque no hubiésemos cometido sino un solo pecado mortal, seria suficiente para llorar hasta la muerte.
   
II. El segundo paso hacia la perfección, dice San Ignacio, es la imitación de Jesús que obra y sufre para la gloria de Dios y la salvación de los hombres. San Ignacio ha seguido paso a paso a este Modelo de los predestinados: después de su conversión llevó primero una vida escondida como Él; después se consagró por entero a la salvación del prójimo, sufriendo a causa de esto injurias, calumnias y prisión. ¿Cómo imitamos nosotros la vida oculta de Jesús, sus trabajos y sus sufrimientos? Sigamos la divisa de San Ignacio: Todo para la mayor gloria de Dios.
  
III. El tercer paso hacia la perfección, que tan alto elevó la santidad de San Ignacio, es la unión perfecta con Dios. Para llegar a ella, hay que desasirse del temor de todo lo que no sea Dios, y darse enteramente a Él. Tenemos amor para las cosas de este mundo, y no lo tenemos para Dios. ¡Todo amamos, todo buscamos, sólo Dios nada vale ante nuestros ojos! (Salviano).
   
El celo por la gloria de Dios. Orad por las órdenes religiosas.
  
ORACIÓN
Oh Dios, que, para la mayor gloria de vuestro Nombre, habéis dado por el bienaventurado Ignacio un nuevo socorro a vuestra Iglesia militante, haced, que después de haber combatido en la tierra, siguiendo su ejemplo y bajo su protección, merezcamos ser coronados con él en el cielo. Por J. C. N. S. Amén.

sábado, 28 de julio de 2012

“EXORCISTA” ENDEMONIADO O EL ODIO A LA TRADICIÓN CATÓLICA

Este título suena fuerte y difícil de digerir, pero no tenemos mejor manera de señalar que la APOSTASÍA HA CALADO EN EL CLERO CONCILIAR. Nos referimos al padre José Antonio Fortea, “exorcista, quien en declaraciones recientes dijo “los hinduístas entrarán al Cielo antes que los lefebvristas (entiéndase TRADICIONALISTAS).

Desde AMOR DE LA VERDAD
 
“Los budistas y los musulmanes os adelantarán en el Reino de los Cielos”. (Padre Fortea)
Este extraña sentencia la dedica el exorcista, demonólogo y novelista “P.” Fortea a los, como él dice, “lefebvrianos” Vean el contexto de una entrada de su blog en donde expone sus juicios:
 
Padre José Antonio Fortea Cucurull, “exorcista
Marcel Lefevre (sic): Lo que el viento se llevó
Esta preciosa pintura de Vasily Perov representa al sacerdote Nikita Pustosviat disputando con el patriarca Joaquín acerca de la Confesión de la Fe. Una pintura para hablar de los seguidores del arzobispo Marcel Lefevre (sic), arzobispo excomulgado.
 
El más bello elogio a mi obra teológica más conocida, Summa Dæmoníaca, lo recibí de mano de los censores lefevrianos. Se trata de una loa que, desde hace muchos años, guardo en mi corazoncito como la más entrañable que he recibido nunca. En ella se decía, que quedaba prohibido leer mi libro, porque en él se presentaba una visión excesivamente misericordiosa de Dios y un enfoque exageradamente optimista de la Salvación.
  
Desde entonces, he tenido contacto más veces con fieles y sacerdotes de esa fraternidad, que buscan una Iglesia monárquica, uniforme y parecida a la estructura de un ejército.
  
Por eso me sorprendo cuando he escuchado a algunos articulistas, que no creo que los conozcan personalmente, afirmando que ellos pueden aportar mucho a la Iglesia.
  
No sé lo que aportarán a la Iglesia, pero sí que conozco el mensaje que ellos traen por el mundo.
  
No traen la Santa Tradición de la Iglesia, sino la Tradición entendida bajo una personal inflexibilidad decimonónica. No traen el rigor, sino el rigorismo.
  
No traen la obediencia a los cánones dentro de la ortodoxia, sino la desobediencia a los cánones con la excusa de la ortodoxia. No traen la belleza de la liturgia, sino la soberbia del non sérviam.
 
Su espíritu no es el amplio, libre y amable patrimonio de la patrística, sino el espíritu puntilloso del fariseísmo mezclado con el mensaje de Cristo.
  
Al final, la Iglesia los admitirá como siempre ha admitido a los hijos pródigos, sin reproches, con los brazos abiertos. Y ese día haremos fiesta en la casa universal de los creyentes. Y la haremos de corazón.
  
Pero en este caso el hijo que retornará a casa, no es el hijo pródigo que gastó su herencia con prostitutas, sino el riguroso hijo fiel que enrrabietado se marchó de la casa y no volvió durante años.
  
Pero volverán y les acogeremos. Y les acogeremos con la generosidad que nos enseñó el Gran Concilio Vaticano II. A ellos que tanto claman a favor de una férrea autoridad, cuando retornen, se les aplicará la autoridad bondadosa que nos enseñó el Espíritu Santo en tiempos de Juan XXIII y Pablo VI.
 
Sí, retornarán. Y retornarán, porque en el fondo saben que no son las rúbricas y las prescripciones las que salvan. Se puede amar todo lo que uno quiera las rúbricas, las capas pluviales, los roquetes y el incienso en incensario de plata, pero a condición de que uno sepa que no son ellos los que salvan. El camino que nos enseñó Jesús, está plasmado en la Tradición, no en el tradicionalismo. No es el ritual de San Pío V, ni el Novus Ordo, los que nos salvan, es la misericordia de Dios.
 
Ellos lo saben en lo más profundo de su alma, y también ellos escuchan en su corazón una Voz Divina que les advierte en lo más interno de su conciencia: los budistas y los musulmanes os adelantarán en el Reino de los Cielos.
 
Lefevrianos (sic) del mundo, uníos [Fragmentos]
nuestros primos los lefevrianos (sic) andan estos días algo divididos. Dicho de otro modo, que hay peligro de que se produzca un cisma dentro del cisma. Peligro para ellos, claro. Porque una vez que se salieron de la comunión de la Iglesia, a nosotros el asunto ni nos va ni nos viene. A nosotros plin. Como si los cuatro obispos rebeldes quieren prender fuego al seminario de Ecône para asar castañas.
  
Es opinable si resulta preferible cerrar la red y decir: no se me ha escapado ni un cangrejo. O es mejor hacer una novena para el barco se hunda cuanto antes. No me extraña que los (pocos) seminaristas de Ecône se agarren con disimulo a los reposabrazos de sus asientos, cuando ven en la película Titanic que el barco se partió por la mitad.

 
Pues estos son los juicios, burlones, falseados e ignaros, de un exorcista cargado de inquina, no solo contra los “lefebvrianos” sino contra la Santa Tradición -que él reduce ridículamente a las rúbricas, las capas pluviales, los roquetes y el incienso en incensario de plata, pero a condición de que uno sepa que no son ellos los que salvan- (y oponiendo a ella la Voz divina que nos advierte que los musulmanes y budistas se nos adelantarán en el reino de los cielos) Sin comentarios a una sentencia que él atribuye a la Voz divina y que en realidad nos habla de lo lejos que él está de la Fe católica, expuesta innumerables veces en la Escritura, la Tradición apostólica y patrística, el Magisterio secular [para quienes gusten decirlo el Magisterio ex-cáthedra, pero también el ordinario y universal].
  
Yo hace tiempo leí el libro que él llama mi obra teológica más conocida”, Suma Demoníaca -y ahora lo tengo delante- y quedé algo sorprendido de que el mismísimo Arcángel San Miguel viniera a decirnos -por boca de un poseso- que el atentado de los trenes de Atocha -sucedido un poco antes del exorcismo narrado- era obra de ETA. Más me sorprendió cuando dice que los niños muertos sin bautizar van al limbo sí pero no de una manera definitiva sino que  
en seguida son iluminadas por los ángeles, y como nunca han sido malas son iluminadas por la enseñanza angélica y una vez que hacen un acto de amor de Dios son conducidas al cielo”.
O sea, Limbo sí, pero por un pequeño rato.
  
De sus informaciones, obtenidas por su trato con demonios y posesos, halla que además de demonios y ángeles [que le dan información] hay “espíritus perdidos”. Además de almas condenadas poseyendo a un poseso, habría “almas no condenadas” que son espíritus que vagan por la tierra. Espíritus perdidos que siendo malos en vida y muriendo sin haber pedido perdón, no obstante no habían rechazado a Dios. Y esas almas tenían hasta el Juicio Final para encontrar la Luz.
 
Estos Espíritus pueden poseer al poseso pero no reaccionan ante el exorcismo sino agradecen oraciones,… pero pueden rezar, pueden pedir perdón del mal cometido… al final del [exorcismo] afirman que ven una luz… se despiden del exorcista… ‘Adiós, gracias, voy hacia la Luz’.
 
En el caso de Amelia (de Fátima), que según Nuestra Señora estará en el purgatorio hasta el fin del mundo, [Fortea dice que] no son sus pecados sino el estado de su alma que le lleva a a no pedir perdón.
 
O sea, que además de Cielo, Infierno y Purgatorio, hay un estado para las almas que “no piden perdón por sus faltas, pero no rechazan a Dios, esas son las que se convierten en almas perdidas. Esas almas vagan por la tierra en busca de la Luz”. Este limbo de almas perdidas sería el lugar más bajo del Purgatorio.
 
Así hay cuatro lugares en el más allá: Cielo, Purgatorio común, Limbo de las almas perdidas (cayeron al borde del infierno pero sin entrar en él), e Infierno (para los que rechazan la presencia de Dios.
 
Los pecadores que mueren sin arrepentirse y pedir perdón pero que no rechazan [formalmente] a Dios van a a este limbo/purgatorio. Siendo una morada de purificación habrá los que pidan perdón antes del Juicio final y los que no lo pidan. La sentencia definitiva dependerá de esto: En el Juicio final, a más tardar, podrán salvarse unos o condenarse otros para siempre.
 
O sea, hay un purgatorio en el que sus moradores no están salvos, sino que su salvación dependerá de que pidan perdón, aunque pueden no pedirlo. La fecha tope para esto es el Juicio Final.
 
Me remito a la página 189, que resume lo dicho en páginas anteriores, de su Suma Demoníaca (1ª ed. 2004, Editorial Dos Latidos).
   
Pues a la vista de todo esto comprendo a los “lefebvrianos” que no hayan considerado la obra recomendable y además están apegados a la Tradición tal como nos viene desde los primeros tiempos (Padres, etc..) hasta nuestros días. Y que no es en modo alguno una tradición -tradicionalismo como él dice- inventada por Fortea para denostar a los “lefebvrianos“, “de rúbricas, las capas pluviales, los roquetes y el incienso en incensario de plata, [bueno] pero a condición de que uno sepa que no son ellos los que salvan… ni El camino que nos enseñó Jesús, que está plasmado en la Tradición, no en el tradicionalismo. No es el ritual de San Pío V, ni el Novus Ordo, los que nos salvan, es la misericordia de Dios”.
 
[Sigue diciendo] “traen una personal inflexibilidad decimonónica. ... No traen la belleza de la liturgia, sino la soberbia del non serviam.. el espíritu puntilloso del fariseísmo mezclado con el mensaje de Cristo”.
  
Como alguien dice en un comentario (blog Ex-Orbe):
Ellos [los conciliares] ya no creen que exista una religión verdadera. Mucho menos que esa sea la Católica. Ergo, ya no creen en la verdad de las palabras de Jesucristo, quizás porque Él mismo nos advirtió contra estos “pastores”.
 
Hieden a la legua. Primero procedieron a la emasculación apostólica de la Santa Iglesia Romana, y luego, cuando ya no hay misiones ni apóstoles ni se pretende la conversión de nadie ni se le ofrece a nadie la VERDAD, entonces se rasgan las vestiduras, acongojados por las almas de todos esos pobres musulmanes y budistas. ¿Cómo, dicen, todos esos buenos hombres no van a entrar en el reino de los cielos? ¿Cómo, digo yo, no se os cae la cara de vergüenza, malditos falsarios, si tenéis un mandato claro y explícito del mismo Cristo que no queréis cumplir?
 
¿O acaso a fuerza diálogo y profundización os habéis vuelto imbéciles y ya no entendéis ni el significado literal de lo que se os dice?
  
Alguien también asegura (aunque yo no puedo corroborarlo):
Por cierto que en una entrevista, dijo que en una tenida carismática, se le “metió un espirítu” y comenzó a hablar en lenguas. Y que él conserva ese carisma. Me imagino que lo usa cuando viaja al extranjero. Vaya usted a saber. El demonio es muy tramposo, es capaz de engañar al más pintado.
  
Esto último me ha dado pie al título de este post y me viene a la mente aquéllo del “Alguacil alguacilado”. Mira que si fuera verdad que se le ha metido algo dentro y necesita un exorcismo con urgencia. Sería así: EL EXORCISTA EXORCIZADO.
 
De tanto parlotear con espíritus (algunos perdidos y errantes por la tierra), almas condenadas, demonios de todas las categorías, ángeles, arcángeles, de tanto manejar información privilegiada” (así cualquiera), a ver si ha perdido las verdades de la Tradición, del Magisterio, y ahora la toma, como si fuera un Gerhard Müller cualquiera, con los pobres “lefebvrianos” y no sólo con ellos sino con quienes veneramos la Santa Tradición que no es la “Tradición viva” del Magno, ni la tradición corrompida por los devaneos modernistas del “P.” Fortea.
 
“Los modernistas saben bien que su juego está en el fin y que Ecône (FSSPX) es superior, es por eso mismo que lo combate [...]ECÔNE TRIUNFARÁ”. (Confesión dada por el demonio Judas Iscariote durante un exorcismo, compilado en Advertencias del más allá por el Padre Arnold Renz)

martes, 24 de julio de 2012

EL PRIMER DERECHO DE DIOS/ LA PRIMERA OBLIGACIÓN DEL HOMBRE

Desde LOS DERECHOS DE DIOS

 "Ante Mí, los "derechos humanos" que tanto predican los masones NO SON SINO PRETENSIONES. Uno sólo de los Derechos que Yo tengo desde la Eternidad valen más que todas las declaraciones que dé el mundo." (Yahveh Dios)

Es bien sabido que Dios, en cuanto al hombre, solo tiene derechos, y es consecuencia de esto que el hombre, en cuanto a Dios, solo tenga obligaciones....

¿Y esto, por que? ¡Porque el Creador es Dios, y los creados somos nosotros!

Luego entonces, Dios puede disponer segun su criterio de sus creaciones, y nosotros, sus creaturas, debemos todo (en justicia), hasta el mismo ser a Dios...
Ahora bien: Dios, como es Dios, ¿a que tiene derecho, en primer lugar, de parte de sus creaciones?

Dios tiene derecho, antes que nada, a ser a ser AMADO por sus creaturas POR LO QUE ES en si mismo, y por lo que representa para sus creaciones...

¿Y que es Dios en si mismo?

Dios es el ser que compendia y que es fuente de todos los bienes... ni más ni menos... Todo lo deseable (en cuanto a cosa buena para las finalidades propias del ser) nos viene de Dios, asi que somos DEUDORES totales a Dios...

¿Y que significa esto para nosotros (si, nosotros: yo, tú, el, la ciudad entera, el continente entero... y aunque no quiera, la humanidad entera)?

Significa que a Dios le debemos EN JUSTICIA Y POR LO MENOS, AMOR POR LO QUE ES Y POR HABERNOS DADO LO QUE SOMOS (el ser y la existencia).

Asi que, en resumidas cuentas, a Dios le corresponde el amor, y la obediencia incondicional de sus creaciones, y a las creaturas, nos toca el deber de ser cumplir al menos con lo justo.

Amar (obedecer, seguir, corresponder) a quien nos amó primero.

miércoles, 11 de julio de 2012

LA GRACIA Y LA PREDESTINACIÓN, SEGÚN SAN AGUSTÍN

A raíz de un comentario en nuestro artículo "LA SANGRE DE CRISTO, ¿"PRO MULTIS" O "PRO OMNES"?" (sobre las palabras del Canon de la Misa), comentario donde afirman que NO ESTAMOS EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA (tildándonos indirectamente de Jansenistas), publicamos este artículo de nuestro aliado SURSUM CORDA sobre la definición que San Agustín (PADRE Y DOCTOR DE LA IGLESIA) presenta sobre la Predestinación, y de cómo esta es parte de la Doctrina Católica.

San Agustín, Doctor de la Gracia y la Predestinación
Recientemente estaba leyendo mucho material producido por teólogos de la Compañía de Jesús, no la actual modernista, sino la pre-conciliar, que también era modernista y antes de que se inventara el modernismo era laxista, algo de lo que jamás se desprendieron.

Si algo me ha sorprendido de los jesuitas es su constante ínsistencia en que todos los hombres pueden salvarse. En este blog hemos hablado ya del universalismo, es decir la creencia de que todos los hombres se salvarán. Esto los jesuitas de hoy lo dicen abiertamente, más los pre-conciliares habían elaborado un sistema muy cercano al semipelagianismo por el cual bastaba la voluntad del hombre para conseguir su salvación, siendo el gran arquitecto de ese sistema teológico el jesuita Molina que rechazaba la eseñanza católica de la predestinación y la gracia eficaz. Los jesuitas, herejes y calumniadores, cuando se les hechaba en cara su error tan cercano a la herejía respondían con ataques y acusaban a quienes exponían la verdad de calvinistas. Así, por ejemplo llegaron al extremo de hacer poner en duda nombres tan notables como los del Cardenal de Noris, famoso agustino italiano del Siglo XVIII.

El principal de los argumentos de los jesuitas (pre y post-conciliares) es el versículo de I Timoteo 2:4 "Dios quiere que todos los hombres se salven".

Sin embargo, muy pocas veces vemos que incluso entre los tradicionalistas más inteligentes haya un análisis de este versículo apelando a la enseñanza del gran Doctor de la Gracia San Agustín de Hipona.

¿Que nos dice el Maximo Doctor de la Iglesia? Para él las palabras del Apostol de los gentiles debe entenderse en el sentido de los elegidos, es decir de los predestinados. El principal argumento de San Agustín es la omnipotencia de Dios, es decir, Dios hace lo que él quiere y lo que él quiere debe cumplirse efectivamente. En efecto, en las Confesiones San Agustín, retomando a Platón señala que Dios está fuera de la Historia, es decir, al margen del tiempo, porque el tiempo fue creado por Dios y por lo tanto el devenir histórico no puede afectarlo, porque en caso contrario Dios no sería inmutable... los jesuitas con su teoría de la concausalidad niegan este dogma de fe.

Continuemos. Si Dios ha decidido que alguien debe salvarse, entonces esa persona no puede quebrar la voluntad de Dios, porque la misma existe efectivamente desde antes del nacimiento de esa persona y además porque lo que Dios quiere efectivamente se cumple. En caso contrario Dios no sería omnipotente. Para reforzar su argumento, San Agustín cita varios pasajes de las Sagradas Escrituras donde se muestra que los milagros no siempre convertían a todos, sino a unos pocos y además, en algunas oportunidades el Espíritu evitaba que los Apostoles visitaran y predicaran en determinados lugares, y mucho más Nuestro Señor como ocurre en Mt XI donde Cristo predica contra las ciudades incrédulas. Eso demuestra, según el Doctor que el sentido de "Dios quiere que todos los hombres se salven" se refiere a aquellos que Dios quiso "guardar" y no a todos los hombres en absoluto. EN efecto, aquellos que se salvan son guardados, preservados, ese es el sentido del "Don de perseverancia":
"Esta es la predestinación de los santos, - nada más, a saber, el conocimiento previo y la preparación de los dones de Dios, por el que se entrega con toda seguridad, sean quienes sean, que se entregan . Pero ¿dónde están el resto dejado por el justo juicio divino, excepto en la masa de la ruina, donde los tirios y sidonios quedaron? que, por otra parte, hubiera podido creer si habían visto maravillosos milagros de Cristo. Pero como no se les dio para pensar, de creer los medios también se les negó. [...] Pero, ¿Lo que dijo el Señor de los tirios y sidonios no puede acaso ser entendida de otra manera: que nadie, sin embargo viene a Cristo a menos que se le ha dado, y que es dado a aquellos que se escogió en él antes de la fundación el mundo, confiesa sin lugar a dudas el que oye la palabra divina. [...] "Para ti", dijo, «es dado saber el misterio del reino de los cielos, pero a ellos no les es dado.'' (El don de la perseverancia 35)
 
Dios, si quisiera podría salvar efectivamente a todos los hombres, podría convertir a todos con solo desearlo desaparecería el pecado, la herejía, la apostasía y todos iríamos a Cristo. Todos si él lo deseara. Pero Dios no quiere eso... porque ha decidido salvar a unos para mostrar su misericordia, mientras que a otros, como enseñó San Agustín, los deja perder para mostrar su justicia.

Y nadie puede objetar la acción de Dios, porque nadie puede ser más justo ni más misiericordioso que el Señor.